La práctica hace todo y el eternizarse en dar vueltas sobre uno mismo no tiene otra salida que el volverse majareta. Así, si uno busca la salida del laberinto obrará muy cuerdamente si tiende un hilo a la entrada, sigue su rumbo y, una vez cruzado el dédalo, agradecer todas las horas intermedias que han pasado desentrañando el acertijo... si llegas indemne, claro.
Nadie quiere toparse con el minotauro, ese problema irresoluble y tenaz que nos devora, pero si llega el caso hay que enfrentarse a él. Desgraciadamente, tropezar con la bestia es lo más frecuente y aunque no nos devore, las heridas conferidas duran mucho tiempo. Y aunque salgas adelante más o menos ileso, quién sabe si cuando te alejas del peligro no te llevas una parte del minotauro pegado a la espalda.
Aún con todo, también es muy probable que cuando alguien se aleja del laberinto y sus terribles habitantes, ya esté pensando en regresar a la entrada del mismo, u otro parecido, para procurarse una nueva dosis de paciencia, ingenio y adrenalina desbocada.
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