Hoy ha sido una de esas en
las que he tenido que armarme de paciencia y esperar bajo un tupido chaparro a
que escampara la tormenta. Llevaba varios días esquivándolas, pero hoy la
suerte me ha sido esquiva.
Lo mío no es una
profesión, es un entretenimiento, pero al que me aferro a la menor oportunidad.
Es algo casi vital y me da grandes satisfacciones, por eso, si alguna vez me
pasa algo parecido, pues bueno, lo disfruto igualmente. En pocas palabras: soy
un caminante. Me levanto temprano para
aprovechar la mañana lo más y mejor posible, porque si hay algo de lo que puedo
presumir, es de ser una persona madrugadora. No es un mérito extraordinario,
sencillamente, una vez que me despierto ya no puedo estar acostado.
Lo de andar me viene de
lejos, cuando recorría los alrededores de mi pueblo con los amigos. Éramos una
cuadrilla de críos a los que nos gustaba la aventura de ser niños y hacíamos lo
que solía hacer la chavalería: divertirnos subiéndonos a las rocas, trepando
árboles, saltando y riendo; buscábamos los lugares más recónditos que nuestras
cortas piernas podían recorrer y luego corriendo a por la merienda.
Pero bueno, me estoy
desviando de lo que estaba contando.
Hoy me he alejado
bastante, por un camino que no tenía ningún atajo, sufriendo un sol que picaba
lo que suele a finales de mayo y subiendo, subiendo casi todo el rato. Cuando
parecía que las nubes querían ejercer de parasol, apenas duraba un momento y
vuelta a sudar.
Luego, las nubes, como la
cortina de un teatro, se fueron cerrando. No parecía que fuera a llover, pero
de repente: zas! Toma relámpago! Y un trueno como para echar a correr.
Pero todavía no llovía. ¿Y si era una tormenta seca?
Llegaba en ese momento a
la altura de la carretera (secundaria entre las carreteras secundarias). Y llegaron las primeras gotas para dejarme
claro que lo que me quedaba por recorrer por los caminos ya no lo podría hacer.
Me detuve a un lado de la
carretera, bajo un chaparro que desplegaba generosamente sus ramas y esperé a
que pasara la tormenta. En fin, ya se
sabe aquello de que quien se refugia bajo un árbol se moja dos veces. Pues eso,
que al principio muy bien, pero conforme aumentaba la intensidad de la lluvia,
iba notando que me iba a calar.
Si de algo estaba seguro,
era que no merecía la pena enfadarse por el chapuzón y seguí esperando
pacientemente a que aquél frente de nubes pasase de una vez. Pero que si
quieres. ¡Menuda chipiada!
En estas, sentí el sonido
de un motor. ¡Un coche! A ver si… para.
Pues no, el camión de turno parecía que tenía prisa y pasó salpicando…
Para no alargar. Al cabo
de veinte minutos bajo el agua, acabó parando una furgoneta y el conductor,
viejo conocido mío, se asomó a la ventanilla y me preguntó si quería que me acercara
al pueblo.
Os podéis imaginar la respuesta.
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