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miércoles, 31 de mayo de 2023

LLEGARON LA LLUVIAS


Hoy ha sido una de esas en las que he tenido que armarme de paciencia y esperar bajo un tupido chaparro a que escampara la tormenta. Llevaba varios días esquivándolas, pero hoy la suerte me ha sido esquiva.

Lo mío no es una profesión, es un entretenimiento, pero al que me aferro a la menor oportunidad. Es algo casi vital y me da grandes satisfacciones, por eso, si alguna vez me pasa algo parecido, pues bueno, lo disfruto igualmente. En pocas palabras: soy un caminante.  Me levanto temprano para aprovechar la mañana lo más y mejor posible, porque si hay algo de lo que puedo presumir, es de ser una persona madrugadora. No es un mérito extraordinario, sencillamente, una vez que me despierto ya no puedo estar acostado.

Lo de andar me viene de lejos, cuando recorría los alrededores de mi pueblo con los amigos. Éramos una cuadrilla de críos a los que nos gustaba la aventura de ser niños y hacíamos lo que solía hacer la chavalería: divertirnos subiéndonos a las rocas, trepando árboles, saltando y riendo; buscábamos los lugares más recónditos que nuestras cortas piernas podían recorrer y luego corriendo a por la merienda.

Pero bueno, me estoy desviando de lo que estaba contando.

Hoy me he alejado bastante, por un camino que no tenía ningún atajo, sufriendo un sol que picaba lo que suele a finales de mayo y subiendo, subiendo casi todo el rato. Cuando parecía que las nubes querían ejercer de parasol, apenas duraba un momento y vuelta a sudar.

Luego, las nubes, como la cortina de un teatro, se fueron cerrando. No parecía que fuera a llover, pero de repente: zas! Toma relámpago! Y un trueno como para echar a correr.

Pero todavía no llovía.  ¿Y si era una tormenta seca?

Llegaba en ese momento a la altura de la carretera (secundaria entre las carreteras secundarias).  Y llegaron las primeras gotas para dejarme claro que lo que me quedaba por recorrer por los caminos ya no lo podría hacer.

Me detuve a un lado de la carretera, bajo un chaparro que desplegaba generosamente sus ramas y esperé a que pasara la tormenta.  En fin, ya se sabe aquello de que quien se refugia bajo un árbol se moja dos veces. Pues eso, que al principio muy bien, pero conforme aumentaba la intensidad de la lluvia, iba notando que me iba a calar.

Si de algo estaba seguro, era que no merecía la pena enfadarse por el chapuzón y seguí esperando pacientemente a que aquél frente de nubes pasase de una vez. Pero que si quieres. ¡Menuda chipiada!

En estas, sentí el sonido de un motor. ¡Un coche!  A ver si… para. Pues no, el camión de turno parecía que tenía prisa y pasó salpicando…

Para no alargar. Al cabo de veinte minutos bajo el agua, acabó parando una furgoneta y el conductor, viejo conocido mío, se asomó a la ventanilla y me preguntó si quería que me acercara al pueblo.

Os podéis imaginar la respuesta.

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